Exactamente era un 19 de septiembre de 1993. Yo tenía 11 años y Bolivia clasificaba al Mundial de USA 1994. Hay recuerdos que uno no vuelve a vivir nunca más con la misma intensidad, y ese es uno de ellos. El abrazo con mi familia, las lágrimas, el ruido, la sensación de que el país entero estaba respirando distinto. Esa tarde no solo clasificó una selección. Clasificó una ilusión. Y para un niño boliviano, futbolero hasta los huesos, eso era lo más parecido a tocar el cielo.
Después salimos a festejar al Prado en Cochabamba. Éramos una marea. Miles de personas abrazándose sin conocerse, gritando lo mismo, sintiendo lo mismo, orgullosas de lo mismo. Pocas veces en la vida uno siente tan claramente que pertenece a un lugar. Tal vez la primera. Tal vez la más fuerte. Y desde entonces entendí que el fútbol, cuando toca de verdad, deja de ser un juego. Se vuelve memoria, identidad, patria, familia. Se vuelve una forma de amar.
Yo siempre fui futbolero. No de ocasión. Futbolero de verdad. De los que ordenan la vida alrededor de un partido, de los que creen que una pelota puede explicar mejor el mundo que muchas personas. El fútbol me enseñó casi todo lo importante. Me enseñó a soñar, a competir con honestidad, a jugar en equipo, a entender que a veces toca ser figura y a veces toca comer banca. Me enseñó a ganar con humildad y a perder con dignidad. Y siendo boliviano, me enseñó algo todavía más difícil: a no perder la esperanza, a aprender de la derrota y a seguir adelante con resiliencia, incluso cuando todo parece en contra.
Porque ser hincha de Bolivia no es una moda. Es una escuela de carácter.
Pasaron más de treinta años desde aquella clasificación. Más de tres décadas pegado a un televisor, sufriendo eliminatoria tras eliminatoria, jurando después de cada derrota que nunca más volvería a ver a la selección, y volviendo siempre en el siguiente partido. Porque el hincha no elige. El hincha es. Y el que ama de verdad no negocia su fe solo porque las cosas salgan mal.
Mientras tanto, mi propia vida también fue jugando su campeonato. Mirando hacia atrás, la puedo entender casi como la carrera de un futbolista. Salí de Bolivia a los 17 años buscando lo que busca cualquier jugador joven que sueña con llegar lejos: roce internacional, mundo, competencia, otro ritmo. Me fui a Sudáfrica. Volví distinto, con más cancha, pero todavía verde. Después me fui otra vez, esta vez a Manchester, donde la vida me terminó de curtir. Ahí dejé de ser promesa y empecé a entender lo que significa volverse profesional de verdad. Más adelante volví a Bolivia a demostrar, a jugar mis partidos, a tratar de estar a la altura. Hasta que un día me fichó Miami y terminé viviendo aquí.
A veces siento que yo también clasifiqué a mi propio mundial, pero en lo profesional. Me tocó salir de casa, jugar de visitante, aprender otro idioma, otros ritmos, otros sistemas, caerme, levantarme, volver a insistir, ganarme un puesto y demostrar. Como pasa en el fútbol, el lugar de donde uno viene condiciona mucho el camino, pero no tiene por qué definir el techo. El talento ayuda. El esfuerzo también. Y la suerte, por supuesto, aparece cuando uno está en movimiento. Como siempre digo, la suerte es amiga de la acción.
Pero hay cosas que, por más que uno avance en la vida, nunca deja atrás. Y una de ellas es la selección.
Por eso lo que pasó el año pasado se sintió casi como un guion escrito por alguien demasiado futbolero para ser real. Bolivia le ganó 1-0 a Brasil en El Alto. Un resultado que parecía sacado de otro tiempo, de otro ciclo, de otra Bolivia. Y al mismo tiempo, Venezuela perdió. De la forma más improbable, se abrió una puerta que durante décadas había estado cerrada. Repechaje. Otra vez la palabra mundial rondando nuestras vidas. Otra vez la sensación de que algo imposible empezaba a parecer posible.
Y ahí, entre gritos, incredulidad y lágrimas, hicimos una promesa. Si Bolivia llegaba al repechaje, íbamos a estar ahí. No importaba dónde. Porque hay trenes que no pasan dos veces. Y la historia, cuando abre una rendija, no siempre espera.
Hoy escribo esto desde México. Vine con mis hijos a ver a Bolivia jugar los partidos más importantes de los últimos treinta años. Y hay algo en esta escena que me conmueve más de lo que puedo explicar del todo. Ellos tienen casi la misma edad que yo tenía en 1993. Yo era un niño mirando a su selección con los ojos abiertos de par en par. Hoy soy un padre mirando a sus hijos vivir algo que se parece demasiado a aquel recuerdo. Y no es cualquier coincidencia. Otra vez USA aparece al final del camino. Otra vez Bolivia juega la posibilidad de entrar a un mundial. Otra vez todo parece tan lejano y tan cercano al mismo tiempo.
Por eso se siente escrito por el destino.
Mis hijos heredaron esta locura futbolera de su padre. Y la heredaron de verdad. Tanto, que estuvieron dispuestos a sacrificar su festejo de cumpleaños y regalos para estar aquí. A los 10 años, es muchísimo. Eso no se explica con lógica. Eso se explica con amor. Con fe. Con esa clase de vínculo que solo existe entre un hincha, una camiseta y una esperanza que se niega a morir.
Y ahí entendí algo más: la vida también juega sus repechajes. Hay oportunidades que aparecen una vez, momentos que no se repiten, partidos que no admiten cálculo frío. Uno simplemente tiene que estar. Estar en la tribuna. Estar en el país correcto. Estar con la gente correcta. Estar cuando la historia decida pasar por delante.
Este viaje ya vale la pena, pase lo que pase. Vale por la promesa cumplida. Vale por estar con mis hijos. Vale porque el fútbol, cuando toca estas fibras, te recuerda que la vida no está hecha solo de resultados, sino de momentos que te marcan para siempre.
Vamos mi Bolivia, a jugar con el corazón en la mano. A jugarlos como esas hazañas que uno cuenta toda la vida. Que lo jueguen entendiendo que no siempre se tiene una segunda oportunidad para convertirse en recuerdo eterno. Para inspirar a todo un país.
Yo ya tuve el privilegio de ver una clasificación cuando era niño. Ahora tengo la posibilidad de verla otra vez, con mis hijos al lado, casi a la misma edad, y otra vez con Estados Unidos esperando al fondo del mapa.
Si eso no parece escrito por la historia, no sé qué podría parecerlo.
Vamos mi Bolivia!
Luis

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