El símbolo hippie que apareció en un laboratorio de física cuántica

Hay cosas que te detienen el scroll. Les cuento algo que me voló la cabeza este fin de semana largo de Memorial day.

En 2023, un equipo de científicos logró fotografiar por primera vez en la historia dos partículas de luz conectadas entre sí. Una imagen que nadie había podido capturar antes. El tipo de avance que sale en las revistas científicas, da una vuelta por TikTok y desaparece.

Excepto que la imagen era un yin-yang.

No uno parecido. Uno exacto. El círculo con las dos mitades que se abrazan, una blanca con un punto negro, una negra con un punto blanco. El símbolo que está en las camisetas de los festivales de música y en los tatuajes de quien tuvo una crisis espiritual a los veinte años, o en la pared de todo estudio de yoga del mundo.

Ese símbolo. En un laboratorio de física cuántica. En 2023.

Cuando lo vi no pude seguir haciendo scroll. Fui a buscar de dónde venía.


Lo primero que encontré fue que el video que circulaba en redes exageraba. Los científicos no habían “descubierto” el yin-yang en el universo. Lo habían elegido a propósito como imagen de prueba. Su experimento era una nueva técnica para fotografiar el estado de dos fotones entrelazados, y necesitaban codificar algo reconocible para demostrar que funcionaba.

Podrían haber elegido cualquier cosa. Una cara. Una letra. Un círculo.

Eligieron el yin-yang.


Primero tuve que entender qué mostraba la imagen.

Lo que esos científicos fotografiaron no son dos partículas físicas flotando en el espacio. Es algo más abstracto y más raro que eso. Es el estado cuántico compartido entre dos fotones, la descripción matemática de cómo están correlacionados, visualizada como un patrón de interferencia. Imagínalo como fotografiar no a dos personas, sino la relación entre ellas. El vínculo mismo hecho visible.

Y ese vínculo, cuando apareció en pantalla, tenía la forma de un yin-yang.


Para entender por qué eso importa hay que entender dos cosas que parecen no tener nada que ver entre sí.

La primera es el taoísmo.

Hace 3.500 años, en China, un grupo de filósofos intentó describir la estructura del universo. Sin instrumentos. Con observación pura, meditación y generaciones de personas pensando el mismo problema en voz alta. Lo que concluyeron fue que la realidad tal como la percibimos está dividida en opuestos: frío y calor, luz y oscuridad, movimiento y reposo. Pero que esa división es una ilusión. Que los opuestos no se excluyen, se definen mutuamente. Que ninguno existe sin el otro. Y que debajo de toda esa aparente separación hay algo que es uno.

Para representar eso inventaron el yin-yang. Las dos mitades que se abrazan. El punto blanco dentro de lo negro, el punto negro dentro de lo blanco. La idea de que cada cosa lleva dentro de sí la semilla de su opuesto.

La segunda es la física cuántica.

La física cuántica es el estudio de las partículas más pequeñas que existen, y lo que encontró cuando empezó a estudiarlas es que se comportan de una forma que viola completamente el sentido común. Una de esas cosas se llama entrelazamiento cuántico.

Cuando dos partículas de luz interactúan, quedan conectadas de una manera que no tiene analogía en la vida cotidiana. No importa si después las separas un metro o un millón de kilómetros. Si mides una, la otra reacciona en ese mismo instante. Sin señal entre ellas. Sin contacto. Sin ningún mecanismo que lo explique dentro de la física clásica.

Albert Einstein lo estudió y no lo podía aceptar. Lo llamó acción fantasmal a distancia y dedicó años a intentar demostrar que era un error de los datos.

No era un error. Décadas de experimentos lo confirmaron. Las partículas entrelazadas no se comportan como dos cosas independientes porque, en algún sentido que la física todavía está tratando de entender completamente, no son dos cosas independientes.


Ahí está la conexión que me dejó pensando.

Un símbolo creado hace 3.500 años para representar que la separación es una apariencia y que todo está conectado en el fondo. Una ciencia de menos de cien años que descubre que a nivel subatómico las partículas separadas no actúan como cosas separadas.

Dos formas completamente distintas de observar el mundo, una desde adentro con siglos de práctica contemplativa, otra desde afuera con los instrumentos más precisos que la humanidad ha construido, llegando a señalar lo mismo.

Y cuando los científicos necesitaron ponerle cara a ese fenómeno, el símbolo que eligieron tenía 3.500 años de anticipación.


Ahora bien. Nada de esto prueba que la espiritualidad sea ciencia ni que la física cuántica confirme ninguna tradición religiosa. Esos saltos son fáciles de hacer y fáciles de desacreditar.

Lo que sí es verificable es esto: la física cuántica es una disciplina en sus primeras décadas de existencia y sus implicaciones filosóficas todavía están abiertas. No hay consenso sobre qué significa que dos partículas separadas reaccionen juntas. No hay acuerdo sobre dónde terminan los efectos cuánticos y dónde empieza el mundo clásico que conocemos.

Lo que hay es una ciencia joven haciendo preguntas que antes no se podían hacer con rigor.

Y mientras las hace, me hace pensar en todo lo que no sabemos del universo, o del amor, o de la conexión humana. En la vida y la muerte misma como opuestos que no conocemos.

En un círculo con dos mitades que no pueden existir la una sin la otra.

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