Escribí esto en 2023 mientras regresaba de Bolivia a Miami.
Siempre me he considerado una persona profundamente espiritual, pero también alguien que cree en la ciencia. He vivido en esa aparente contradicción toda mi vida.
En ese momento volvía de un viaje de trabajo y sentía que mi rendimiento profesional, mi armonía familiar y mi vida diaria estaban siendo afectados por cómo me sentía emocionalmente.
Intentando entenderme mejor, reflexionando sobre mis decisiones y buscando formas de generar mejores resultados en mi vida, pensé que quizás apenas estamos comenzando a comprender la inteligencia humana y las emociones.
Creo en pocas cosas con fe ciega y certeza científica. Una de ellas es que vivimos dentro de un universo gobernado por leyes que se van descubriendo poco a poco. Desde Newton hasta la física cuántica. Desde la gravedad hasta la relatividad. El mundo tiene una estructura que apenas comenzamos a descifrar, y nosotros somos parte de ese mismo mundo.
Hay contradicciones en todas partes. La física clásica y la física cuántica, con sus aparentes incompatibilidades, son una prueba de lo poco que realmente conocemos sobre la realidad. Quizás sucede algo parecido cuando intentamos comprender nuestra propia mente.
Somos la única especie que tiene la capacidad de comunicarse hablando. Tal vez por eso el lenguaje resulta tan revelador. Hablamos de personas que nos dan energía, de situaciones que nos desgastan, de vínculos que nos acercan o nos alejan. Describimos nuestros estados internos utilizando conceptos físicos, como si intuitivamente supiéramos algo que todavía no hemos terminado de explicar. Nos sale natural porque tal vez es natural. Como si dentro de nosotros existiera una mecánica invisible que opera con sus propias reglas.
En física, cuando una fuerza domina sobre las demás, algo se mueve. Los sistemas tienden al equilibrio, pero mientras oscilan, viven.
Nosotros somos de los que oscilan.
La alegría empuja hacia adelante. La tristeza detiene y dirige la mirada hacia adentro. Pero esa detención no siempre es un fracaso. A veces es el momento exacto en que algo interno se reorganiza.
La tristeza de hoy puede convertirse en la claridad de mañana. Puede ser la fuerza que nos obligue a movernos hacia otro lugar.
Es bien sabido que las grandes tristezas han ocasionado algunas de las mejores obras artísticas. Lo que generó la mejor canción y la alegría del éxito tal vez nació de la tristeza más grande de un músico. El origen es el final no esperado y el final esperado nace de la desesperanza. Todo se transforma, como diría Jorge Drexler.
Por esa simple analogía, siempre habrá tiempos mejores. No como una promesa optimista ni como una frase de autoayuda, sino porque nada permanece igual para siempre. Como también es cierto que siempre habrá o ha habido tiempos peores.
La inteligencia humana recién está empezando a descubrir patrones. Estamos en una etapa primitiva de lo que algún día podría ser nuestra comprensión de nosotros mismos. Entender eso tal vez es suficiente.
Tal vez ambas son simplemente intentos distintos de comprender las mismas fuerzas que nos mueven. La razón y la lógica no son diferentes a la emoción y los sentimientos.
Tal vez ambas son simplemente intentos distintos de comprender las mismas fuerzas que nos mueven.

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