FIFA World Cup 2026 contado en primera persona

Solo hay un amor para siempre, y normalmente ese es el amor a una madre. No cambia, solo crece con el tiempo. Para un verdadero futbolero, solo hay un amor comparable. El fútbol. Recuerdo haber dicho en mi vida, te amo como al fútbol. Para siempre.

El fútbol además es una analogía perfecta del mundo y de la vida, a veces justo, a veces injusto, pero siempre hay la chance de ganar durante 90 minutos. Se juega en equipo, la estrategia, la táctica, el rendimiento individual, factores externos, internos, emociones, presión, estrés. Todo juega también.

Me mudé a Miami hace cuatro años y desde entonces quería ir a este Mundial, tenerlo cerca, tocarlo, sentirlo. Lo irónico de todo esto es que participé en todos los sorteos para poder conseguir entradas, y nunca me salieron. Maldije a la FIFA mil veces, pero terminé comprando entradas para toda mi familia a precio de final para un solo partido. Me había prometido que iríamos al menos a un partido, aunque fuera así, pagando de más por algo que en otra vida me hubiera tocado por sorteo. Uruguay vs Arabia Saudita era el partido elegido a la fuerza por costo.(Intente hasta hoy conseguir más entradas)

Tuve la suerte de vivirlo con uno de mis mejores amigos, que llegó de Montreal, y con la familia. Todavía siento el calor del Hard Rock Stadium en la nuca. Ver sentado a Bielsa en su clásico cooler fue un momento increíble. Sin embargo terminó siendo el peor técnico de la copa.

La vida, de pura suerte, me llevó después a los FIFA Fan Fest en Miami y Nueva York, y ahí vi a hinchas de todo el planeta gritar por su país, como si los escucharan, como si importara para el resultado final. Transformó mi vida también, planeando mi trabajo, mis salidas y hasta que camiseta llevar en función a los partidos, representando lo que a uno lo identifica de verdad.

Lo que amo del Mundial es que representa el camino a la gloria. A hacer historia de verdad. No hay nada que te haga sentir más orgulloso de tu pais que ver tu bandera y tu himno flamear delante de las cámaras de todo el planeta. Y no representa lo mismo para todos. Para algunos será inclusive clasificar al Mundial, como Irak o Escocia. La gloria de simplemente clasificar. Para otros será hacer historia clasificar a la siguiente ronda, y para algunos será llegar a cuartos de final o más lejos. Y para aquellos pocos países que ya la han logrado, será volver a tocar la gloria eterna. Salir campeones. Nunca nada será igual para aquellos que la lograron. Uno nunca deja de ser un campeón del mundo.

La gente; las hinchadas también le dieron ese toque a este Mundial. Noruega remando en las tribunas al ritmo de un tambor, como si estuvieran en un drakkar vikingo camino a la batalla, después de 28 años sin pisar un Mundial. Escocia poniendo conos de tráfico en las estatuas de cada ciudad que visitaba y tomándose Boston y Miami entera con gaitas y kilts, sin romper nada, solo por amor a la camiseta. México con su locura de siempre, llenando cada fan fest como si el equipo jugara en su patio de atrás. Y Argentina con ese fanatismo que ya todo el mundo conoce, que no se explica, que solo se siente. Cada hinchada le puso su propio folclore a este Mundial, y eso también queda.

Este Mundial, ver a Cabo Verde no perder contra los dos finalistas del mundo en 90 minutos es una locura. Vozinha se volvió una leyenda de África y una sensación de las redes sociales al mismo tiempo. Paraguay eliminó a Alemania por penales en Boston a pura garra y aguante, y el presidente decretó feriado nacional al día siguiente. Casi eliminan a la Francia de Mbappé a golpes, garra y fuerza. El entrenador Gustavo Alfaro, el filósofo del fútbol dijo que enfrentaban a jugadores que peleaban por el Balón de Oro, mientras los suyos eran chicos que venían de la tierra colorada. Folclore futbolero a máximo nivel. Esa es la garra de la que habla todo el continente. No es una frase de marketing. Es gente jugando con el hambre real de su gente atrás.

Después vinieron las despedidas de los héroes de mi juventud, tan cercanos a uno que ya uno les tiene cariño. Modric. Croacia cayó ante Portugal en dieciseisavos, en Toronto, con un gol que llegó tarde y un VAR que le anuló la ilusión del empate en el minuto ciento tres. Modric jugó ciento tres minutos con cuarenta años, pidiendo la pelota como siempre, y cuando terminó se fundió en un abrazo con Cristiano Ronaldo. Dos historias que se cerraban al mismo tiempo, sin saberlo todavía. Cristiano cayó unos días después, eliminado por España con un gol de Merino en el último minuto, y se fue solo hacia el vestuario, aplaudiendo a una tribuna que lo vio jugar seis mundiales, llorando algo que ningún Balón de Oro le va a poder devolver.

Neymar, en el mismo estadio de Nueva Jersey donde debutó en 2010, dijo la frase más simple para resumir su carrera con Brasil: “Empecé aquí y termino aquí. Ahora se acabó.” Dieciséis años resumidos en siete palabras.

Mientras todo esto pasaba, Messi seguía ahí, hiperlativo, rompiendo números que ni él mismo debe poder explicarse del todo. A los treinta y nueve años se convirtió en el máximo goleador histórico de los mundiales, superó a Klose, algo que nadie había hecho a esa edad. Contra Inglaterra simplemente no se puede creer lo que pasó, frotó la lámpara y creó dos pases que definieron el partido en 10 minutos. Por eso es el mejor de la historia, porque juega al fútbol de verdad. Esa cara de “ah bueno, así será entonces” contra Bellingham demuestra por qué se ganó.

Mientras unos se despiden llorando, él sigue ahí, jugando su sexto mundial como si el tiempo no le corriera a él de la misma forma que le corre a los demás.

No siempre gana el mejor equipo. Estaba claro que en papeles Francia era la selección de los billones, o Inglaterra. Ambos partidos los perdió el entrenador que no supo leer el partido. Tampoco gano el mejor jugador actual que es Mbappe, porque no sabe jugar en equipo. Mientras tanto a Scaloni se le caen las lágrimas de ver a sus jugadores luchar. Otros pelean entre ellos.

Siempre voy a hinchar por los equipos que dejan la piel por ese pedazo de tierra que los vio nacer, por una bandera que pesa más que cualquier trofeo, por la gente que los va a estar esperando en el aeropuerto ganen, o pierdan. Eso es sagrado. Y lo sagrado no lo toca la FIFA, no lo abarata el precio absurdo de una entrada, no lo borra una revisión de VAR que cambia un resultado en diez segundos de pantalla.

El domingo juegan España y Argentina, la primera final entre dos vigentes campeones de la Copa América y la Eurocopa, tal vez el Dios del fútbol no quiso que haya “la Finalísima” para que en vez la gran final sea la final del Mundial.

El más grande de todos los tiempos, con un equipo de laburantes, que tal vez no tiene el mismo talento de España pero nadie tiene más garra que ellos. Messi, Enzo, Dibu, Lautaro y Julián son el máximo nivel posible del fútbol, pero los demás son verdaderos guerreros.

Y una España, donde cada jugador es un top mundial, Unai Simón, Cucurella, Dani Olmo, Yamal, Oyarzábal, etc. Hace cuatro años se fueron con el mejor técnico del mundo en fases iniciales, esta vez llegaron.

Si eres Croacia como en el 2018, llegar a la final es algo histórico que nadie se olvidará. Para España y Argentina llegar segundo nunca será suficiente.

El domingo voy a estar ahí, en algún fan fest o en mi casa con mi familia, con todos estos recuerdos dando vueltas en mi cabeza. Y cuando levanten esa copa, sea quien sea, voy a pensar en eso, en que a veces alcanza con haber estado ahí una vez para entender por qué todo esto vale lo que cuesta. Ojalá la vida me lleve a más mundiales.

Gracias al universo por el fútbol, que gane el mejor. Gracias Dios por este Mundial.

En el fútbol como en la vida, no te rindas nunca.

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